Español en las Filipinas
Martes, 2 de noviembre de 2010


Hace unos años, se hicieron conocidos los hallazgos de un estudio que inició un pequeño revuelo en los Estados Unidos. El estudio aseveraba que a partir del 1º de julio de 2050 habría más hispanohablantes en los Estados Unidos que en ningún otro país del mundo, incluidos México, Colombia y España. Los resultados han sido refutados desde entonces, y algunos sostienen que los inmigrantes hispanoparlantes se habrán “anglicanizado” para entonces, y otros señalan el hecho de que el estudio fue realizado en el Instituto Cervantes, una cadena de escuelas de lenguas española.
Sin embargo, es posible que un estudio diferente difundido por una fuente algo más creíble, la agencia de noticias EFE, les resulte a muchos más sorprendente todavía. Para el 2030, el español habrá sobrepasado al hindi y al inglés para convertirse en la segunda lengua más hablada en el mundo, siguiendo solamente al chino mandarín. Este informe predice que la cantidad de personas en el mundo cuya lengua nativa es el español ascenderá de 5,7% a 7,5%.
¿Se cumplirá alguno de estos pronósticos? We’ll see.

El inglés nos invade a los hispanoparlantes. No pretendo crear polémica, porque ya hay suficientes personas que se sienten “atacadas” por esto. Digo que hablamos mal (ya lo he dicho antes), y encima cada vez reemplazamos más palabras nuestras por extranjeras, sobre todo, en inglés. Y esto no es sólo a nosotros que nos pasa: está pasando en todos lados, en todos los idiomas. Esté bien o mal, es una realidad que no podemos negar. Salimos a la calle y vemos carteles de bar, pub y restó o winery, ofreciendo sandwiches, lemon pie, cheese cake, shows y happy hour… En los hoteles, sea uno extranjero o local, nos informan el check-in y el check-out, te ofrecen música ambient, gym, spa, centro de fitness, tours, transfer a los centros de ski, wi-fi en el lobby, packs de 4 noches…
Y nosotros, los “profesionales de la lengua”… ¿cuántas de esas (y otras expresiones) usamos en la vida diaria? ¿Cómo hablamos los traductores? Entre nosotros comentamos sobre el source y el target y nos comunicamos entre feelancers e in-house mediante los project managers, nos enviamos files con un printscreen al server y posteamos (sí, algunas las adaptamos) en el blog, pedimos input y feedback, y protestamos por files “encriptados“.
Que levante la mano el que no dice: “te pasé la data en un mail: tuve que ir al cyber, porque mi pc no funciona”, “en la empresa están haciendo resizing”, “please, ¿me das un clip?”, “fuimos al free shop y compramos unos DVD y la play station”… Somos parte de la sociedad y hablamos como cualquier hijo de vecino. Pero ¿qué pasa cuando tenemos que traducir? Lo que aprendimos es que debemos ser correctos y seguir las normas y escribir las versiones que nos dicta la Real Academia… Debemos escribir “güisqui”, que casi no se puede leer, que no veremos en ningún cartel, que nadie escribe, en lugar de whiskey, y usar “emparedado” y “pastel de limón” aunque todos comamos sandwiches (o “sánguches”, en nuestra fonética cotidiana) y lemon pie, por supuesto… Eso dice la norma. A mí me resulta un poco hipócrita…

Si analizamos el uso del idioma español en los EE. UU., los números hablan por sí mismos. De acuerdo con el censo de 2006, existen actualmente más de 35 millones de hispanoparlantes, lo que significa que hay más gente que habla español en los Estados Unidos que en Venezuela, Chile o Cuba. De hecho, este país tiene en la actualidad la sexta población hispanohablante más grande del mundo. El índice de crecimiento anual para la comunidad latina está llegando al 4%, más del triple de la tasa de crecimiento global, y los expertos dicen que para el 2050 más del 25% de la población estadounidense hablará castellano.
Estos números han causado bastante revuelo, disparando debates sobre un “idioma nacional”, políticas de inmigración, el idioma en las escuelas y demás. Incluso el candidato presidencial Barack Obama ha expuesto su pensamiento sobre el tema, diciendo que “En lugar de preocuparse por si los inmigrantes pueden aprender inglés –ellos aprenderán inglés- lo que necesitan es asegurarse de que sus hijos sepan español.”
Ahora bien, ¿qué hacer cuando millones de personas en el mismo país no hablan el mismo idioma? Traducir, por supuesto. La televisión, las revistas y otros medios ofrecen en la actualidad versiones traducidas para llegar así a una mayor audiencia. Negocios como McDonalds y Coca-Cola gastan millones en traducir y localizar sus esfuerzos comerciales para llegar a clientes hispanohablantes. La intención aquí no es generar debate, sino señalar que las traducciones, tanto formales como informales, y los traductores, se han convertido en el nuevo enlace en los Estados Unidos.

Yo no sé si pasará en todos los países, pero tengo la sensación de que es en todas partes que la gente cada vez habla y escribe peor. Y nosotros, los traductores, somos gente también; quiero decir, vivimos en este siglo, en esta sociedad, no somos diferentes. Conocemos las normas pero en lo cotidiano no las usamos: porque sonaríamos mal, porque uno quiere “encajar”, porque nos falta tiempo para todo. Usamos “malas palabras”, extranjerismos, y no cuidamos ni las formas correctas ni las estructuras como deben decirse o escribirse, aunque sepamos qué es lo correcto. Se calcula que los jóvenes actuales manejan un vocabulario de 200 palabras, mientras que un adulto promedio (40 años) habitualmente usa unas dos mil. La televisión no ayuda -ni la radio, ni los diarios, claro-, porque han caído en el mismo empobrecimiento de lenguaje, y los nuevos medios de comunicación -chat, correo electrónico, mensajes de texto- paradójicamente nos facilitan la comunicación pero nos obligan a utilizar menos palabras, abreviaturas, frases limitadísimas.
Creo que los traductores -jóvenes o mayores- pertenecemos todavía a un grupo especial de personas que ama el idioma, lo cuida, lo estudia y ha adquirido una riqueza mayor de vocabulario. En nuestro trabajo, cuidamos las formas y nos esforzamos por redactar en forma correcta. Y tenemos un importante cometido: seguir conservando nuestro idioma, seguir esforzándonos en utilizarlo como se debe, no permitir que se empobrezca. La ventaja es que para nosotros esto no es una tarea que hacemos a regañadientes, sino más bien un encargo que llevamos adelante con orgulloso placer.
